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La soledad del líder

Escrito por el 02/05/2022

 

La soledad a la que se enfrenta el líder es una verdad de a puño. Existe, es real, le acompaña. Es ese fantasma que lo pone contra la pared y lo lleva a cuestionarse muchas cosas acerca de lo que hace. La soledad no deja de ser compañera inseparable en el viaje por el que transita quien está al frente, quien tiene responsabilidades. En medio de esa soledad, su única salida es refugiarse en Dios y apoyarse en su familia.

Al líder solo le queda afirmarse en esa verdad bíblica: “El Señor es mi pastor, nada me faltará” (Salmo 23:1). Aun así, en la parte humana, la que cojea, la que flaquea, la que lo hace sentirse débil y al mismo tiempo fuerte, muchas veces –en su soledad– siente que todo le falta. El hombre que está al frente de la visión, motivando, empujando, extraña los abrazos, las palabras alentadoras, el amor de los compañeros de batalla.

Concluye uno, por la experiencia de tantos líderes, por los estudios, pero especialmente por los relatos bíblicos, que la soledad es inherente al liderazgo. Muchas veces el líder, a pesar de que hace su mejor esfuerzo y lo hace para Dios, es incomprendido, es señalado e incluso marginado de la convivencia, del calor de amigos, del equipo, del resto del cuerpo al que pertenece como un miembro más de la iglesia.

No quiero que me mal entienda, al pensar que es un reclamo o una queja. No, es todo lo contrario, es mas bien un llamado a identificarnos como miembros iguales en la iglesia. No lo olvide, aunque tengamos diferentes responsabilidades somos el mismo cuerpo. Es un llamado a ser solidarios los unos con los otros. Un llamado a consolar con la misma consolación con que somos consolados.

Es, al mismo tiempo, una luz de advertencia para no aislarnos, para rodearnos de mucha oración intercesora, para no cansarnos de hacer el bien, como un equipo que sirve al mismo jefe: Jesucristo. Es un llamado para impregnarnos del amor de Dios.

Si bien es cierto que la soledad es inherente al líder, muchas veces el culpable de que esto suceda es el mismo líder, llámesele pastor, predicador o facilitador. Muchos modelos de liderazgo lo hacen ver como un súper hombre, ese que no tiene necesidades emocionales, físicas o espirituales. Pero no es así, simplemente es una persona con limitaciones y al servicio de Dios.

El líder no es mas que un hombre ordinario llamado para servirle a un Dios extraordinario. Usted dirá entonces, bueno si sirve a un Dios extraordinario es él, ese Dios, quien le equipa y quien lo sostiene. Sí, es cierto. Pero no por eso deja de ser un hombre o mujer de Dios con necesidades y limitaciones. Nos recuerda que el tesoro del evangelio ha sido puesto en vasos de barro, para que la gloria sea de Dios y no del instrumento humano.

El punto, no obstante, es que debe bastarnos la gracia de Dios (2 Corintios 12:9). La gracia de Dios es suficiente. Debe bastarnos para resurgir de las cenizas, para atravesar los valles de muerte, para que el justo se levante siete veces, para sostenernos en las promesas de Dios, a pesar de lo hostil y gris que se vea el panorama.

Pero, vuelvo y repito, en nuestra humanidad, en nuestras debilidades, cuán importante es que en el trayecto el cuerpo se duela con el resto de los miembros. Y que todos rodeen con amor, oración y compromiso al líder que Dios haya llamado para liderar la visión en la iglesia local. Y, por supuesto sería bueno, por aplicación y extensión, llevar esto al contexto del hogar y del trabajo.

Mario Escobar, en su libro “La soledad del liderazgo”, dice: “Hay muchos líderes solitarios, marcados por la dureza del ministerio, pero sobre todo por la imposibilidad de compartir sus alegrías y sus penas con la gente que les rodea. Los líderes necesitan momentos de soledad con Dios, pero también necesitan una comunicación fluida con su familia, sus colaboradores, su congregación, con otros pastores y con sus mentores”.

“La relación del líder con su organización puede ser muy gratificante, pero también muy frustrante”, afirma Escobar. Y es que los feligreses y seguidores tienden a idealizar a sus guías, viendo en ellos personas sin defectos y sin sentimientos. Al mismo tiempo, también los líderes se convierten en el centro de todas las críticas y ataques, muchas veces por parte de su propia gente.

¿Cómo podemos conocer la verdadera opinión de nuestros hermanos en la fe y de quienes trabajan con nosotros? ¿Cómo evitar que tengan una visión distorsionada de nosotros? La única manera que conozco es guiando a todos a mirar a Cristo, el autor y consumador de nuestra fe. Que sepan todos que el líder es humano y tiene pies de barro, que como hombre sufre, enfrenta dilemas, se equivoca, pero, al mismo tiempo, Dios es todopoderoso, misericordioso y lo sostiene.

En la Biblia vemos a grandes líderes que enfrentaron soledad. Moisés, Elías, Pablo y Juan el Bautista en un momento determinado de sus vidas fueron acosados por el fantasma de la soledad. Y Jesús, el Mesías, en su ministerio terrenal y en su humanidad enfrentó el dolor de sentirse solo.

Quiero concluir este artículo con dos cosas. La primera, recordando que esa soledad es como nuestro aguijón en la carne que nos recuerda que la gracia de Dios es suficiente y nos basta. Y la segunda, haciendo un llamado a la iglesia a ser solidaria con el resto de miembros y, muy especialmente, con sus líderes y sus familias. Impregnando todas nuestras acciones con el amor de Dios, ese vínculo perfecto.

 

Carlos Pulgarin (5)

Carlos Pulgarin es pastor y periodista. Dejó su natal Colombia hace más de 20 años y se radicó en Canadá, país en el que ha trabajado como plantador de iglesias con la Canadian Baptist Convention. En el 2012 inició el ministerio Zona Cero Baptist Ministries, una iglesia hispana plantada en Surrey, BC (Canadá), en la que se desempeñó como pastor por 10 años.
En la actualidad, vive en Red Deer, AB (Canadá). Mientras toma un tiempo sabático, se dedica a escribir y a entablar puentes con la comunidad.

El pastor Carlos escribe desde hace 15 años en el periódico hispano Sin Fronteras News, espacio que ha sido usado por Dios para tocar la vida de muchos lectores. Carlos está casado con la doctora Ana Esther Guerrero y es padre de Jacob (25 años) y Aarón (20 años). Toda la familia está sirviendo en el ministerio.


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