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Cuando nuestra religiosidad es peligrosa

Escrito por el 05/05/2022

Lectura: Lucas 11:37-54 (LBLA)

Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que comiera con él; y Jesús entró y se sentó a la mesa. Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer, según el ritual judío. Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad. Necios, el que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Dad más bien lo que está dentro como obra de caridad, y entonces todo os será limpio. Mas ¡ay de vosotros, fariseos!, porque pagáis el diezmo de la menta y la ruda y toda clase de hortaliza, y sin embargo pasáis por alto la justicia y el amor de Dios; pero esto es lo que debíais haber practicado sin descuidar lo otro. ¡Ay de vosotros, fariseos!, porque amáis los primeros asientos en las sinagogas y los saludos respetuosos en las plazas. ¡Ay de vosotros!, porque sois como sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo. Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas. Y Él dijo: ¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos. ¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso la sabiduría de Dios también dijo: «Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación». ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis. Cuando salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarle en gran manera, y a interrogarle minuciosamente sobre muchas cosas, tramando contra Él para atraparle en algo que dijera. www.lbla.com

Retomamos hoy este pasaje, en el que meditamos un poco en nuestra entrega anterior.

Los fariseos y los escribas son confrontados por el Señor por prestar atención a las apariencias, y establecer ritualismos cuyo único fin es el de tapar su hipocresía. La manera en la que muchos escribas y fariseos vivían su fe era una evidencia de que su corazón estaba lejos de Dios.

Ahora bien, este no era su único problema. Ellos, con su manera de vivir no solo no reflejaban corazones que buscaran a Dios, sino que eran un impedimento para que la gente que quisiera seguir a Dios pueda hacerlo.

Con sus largas listas de mandamientos intrascendentes, con sus imposiciones al pueblo que ellos mismos no estaban dispuestos a cumplir lo que estaban haciendo era hacer que la gente creyera, o pensara, que de eso se trataba amar a Dios. De apariencia, de innumerables regulaciones, de juegos de poder e influencias.

Ellos, como dice el versículo 52, no buscaban a Dios de corazón, y aún peor, eran impedimento para que otros lo hagan.

¿Cuántas veces nosotros mismos reducimos la fe cristiana a una lista de lo que agrada o desagrada a Dios? Dios es Santo, y procurar santidad es un distintivo de los hijos de Dios, pero el Evangelio es la buena noticia de que a pesar de que no queríamos ser santos, sino permanecer en nuestro pecado, hay Uno que transforma nuestros corazones de raíz.

El Evangelio no puede ser reducido a: “Ahora que vas a la iglesia ya no podés hacer esto, y esto otro”. No podemos cambiarnos a nosotros mismos, y mucho menos cambiar a los demás. Todo lo que hagamos, todo nuestro esfuerzo, no sirve de nada si no lo hacemos en completa dependencia del Señor Jesús.

Lo más triste es que si dejamos de mirar la cruz, si dejamos de depender de Jesús, nos estamos perdiendo la maravilla de la gracia del evangelio, y hasta podemos ser impedimento para otros.

 

PARA PENSAR: Cuando alguien observa nuestras vidas, ¿ve a alguien que depende cada día de la gracia de Dios? Cuando transmitimos el Evangelio a otros, ¿dirigimos sus miradas a Jesús o nuestra propia justicia?

Sebastian Winkler (144)

Sebastián Winkler. Discípulo de Jesús, esposo de Karina y papá de Julia y Emilia. Profesor de Lengua y Literatura. Miembro de la Iglesia Evangélica Bautista de General Pinto, donde sirve como maestro de Estudios Bíblicos.

El es el autor del blog: engraciaysabiduria.com


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