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EL FLAUTISTA

Carl Arne Horstran 10/19/2021

[PODCAST]

Érase una vez en un pueblo que había un alcalde que pasaba el día contando sus bienes y riquezas, olvidando sus deberes hacia la comunidad. Pero una tarde la gente sufriría un ataque de espanto. Cientos de ratones habían invadido las calles y casas, causando pavor entre la población. Atormentados por la terrible plaga, la gente se acercó en masa hasta el Ayuntamiento en son de protesta, obligando al alcalde a posponer temporalmente la manía de contar sus riquezas. En un breve espacio de tiempo, salió el pregonero para leer el siguiente comunicado: “Se hace saber, de parte del señor alcalde, que la persona capaz de acabar con la plaga de ratones que ha invadido nuestra ciudad recibirá una jugosa recompensa”. Se presentó un gran número de postulantes y todos fallaron. El alcalde era abucheado, mientras los ratones seguían campando a sus anchas por toda la ciudad. A punto estaba de presentar su renuncia a la alcaldía, cuando recibió la visita de un extraño y pintoresco personaje.

“Yo le prometo acabar con todos los ratones”, dijo. “A cambio, quiero la recompensa”.

“Si lo hace”, le dijo el alcalde, “tendrá derecho a ella. Pero ¿cómo logrará esa hazaña?” “Con una técnica propia”, contestó el hombre, y comenzó a tocar su reluciente flauta.

El alcalde lo despidió, y al seguir atentamente sus pasos con la mirada desde la ventana, vió como el hombre danzaba al son de su música, y pensó: “está loco”. Pero, de pronto, sus dudas se volvieron en asombro, al observar que todos los ratones comenzaron a seguir al extraño flautista, como si estuviesen hipnotizados. De esta manera, se los llevó hasta las afueras del pueblo donde había un río, en el cual, al cruzarlo, todos los ratones perecieron ahogados. Cuando el flautista volvió a la ciudad para cobrar la recompensa, el alcalde le dijo: “Ha sido un trabajo muy fácil, y no merece tanto dinero”. El noble flautista, sin perder el aplomo, contestó: “Muy bien, quizás algún día me necesite”. Y se fue danzando con su pegajosa melodía.

Un poco más tarde otra turba irrumpió en el municipio. “Los niños han desaparecido”, gritaban todos desesperados. Nadie conocía el paradero de los más pequeños de la ciudad, hasta que, tras indagar, un testigo afirmó haberlos visto a todos siguiendo al flautista, quien los había conducido con su música hasta a una cueva, la cual se había cerrado como por encanto. Fueron días muy tristes para toda la población, sin la presencia de sus jóvenes ciudadanos.

El alcalde, finalmente, sintiéndose culpable, hizo venir al flautista. “Perdóname, noble flautista. Devuélvenos a los niños, y daré justo pago por el bien que nos hiciste”. Al día siguiente, los niños volvieron a traer la vida y la alegría a Hamelín y el buen flautista se despedía feliz, sabiendo que dejaba una gran enseñanza. Moraleja: Todo esfuerzo merece su recompensa.

Famoso relato de los también famosos cuentistas, porque lo eran, los hermanos Grimm. Y aunque esta historia tiene su propia moraleja, a mí me sugiere otra: no sigamos cualquier música que nos tocan; y no me refiero al sentido de aplicar una visión crítica a todo lo que nos rodea, que también puede ser necesario, sino que hablo más bien de no seguir la corriente de la sociedad, en lo que se refiere a nuestro bienestar interior.

Hay muchas músicas ideológicas, filosóficas y religiosas sonando en el mundo de hoy; sobre todo para los que nos movemos en las grandes ciudades. Es una auténtica locura. Y ¿qué hacer entonces cuando uno tiene inquietudes? ¿Cómo saber cuál es la respuesta correcta? Yo, por mi parte, no tengo ninguna duda. Pero déjame que te ayude. Hay personas que aparentemente no tienen ninguna inquietud espiritual, y si eres de esas, esta reflexión no es para ti. Pero si la tienes, hay respuesta.

Para no extenderme exageradamente, lo voy a resumir: hay que probar la veracidad de cada oferta que nos presentan, por llamarlo de alguna manera. En cuanto a Jesús, es muy sencillo comprobarlo. Muchas creencias, sobre todo si vienen de Oriente, ganan adeptos por su ambigüedad. Eso les hace parecer más auténticas, si cabe. Abren el abanico de las creencias a casi cualquier cosa, dejando todas las puertas abiertas a cualquier opción. En realidad, lo que están haciendo es dejarnos a todos tal y como estábamos, con las mismas dudas e inquietudes, con la única diferencia de que han conseguido meterse en nuestras vidas con su influencia.

Jesucristo no deja lugar a la ambigüedad. Su vida está llena de afirmaciones muy concretas. Una de ellas es: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Acércate a él por medio de hablarle sinceramente, lo que se suele llamar rezo u oración; entrégale tu vida, y pídele que te llene, para que esas inquietudes que tienes se satisfagan, y luego verás. Jesús no defrauda. Soy Carl, hasta siempre.