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JUICIOS

Carl Arne Horstran 05/25/2021

[PODCAST]

“Oye, ¿te has fijado en cómo iba vestido Juan?”. La gente, continuamente, juzga; y, por regla general, lo hace por las apariencias. La sociedad, en cambio, juzga por lo que hacemos o por lo que no hacemos. Cuando se trata del entorno profesional o laboral, se nos juzga por lo que sabemos o por como realizamos, o deberíamos realizar, aquello que sabemos hacer. Vivimos sometidos, continuamente, a juicios, sin olvidar, claro está, que nosotros mismos muchas veces también juzgamos a los demás. La Biblia relata una historia sobre una mujer, que tuvo que soportar el juicio de todo un grupo de personas, quienes, además, tenían la intención de convertir su caso en un arma contra Jesucristo, con el principal fin de desprestigiarlo. La mujer había sido sorprendida cometiendo un delito, el cual, según las leyes de la época, conllevaba, ni más ni menos que, pena de muerte por lapidación; ¡imagínate cómo se sentía cuando fue arrastrada delante de Jesús, esperando, precisamente, un juicio que diera inicio a la ejecución de la sentencia! Con toda seguridad, creía que ese era el último día de su vida.

Tras oír la acusación que pesaba contra ella, Jesús no contesto, simplemente ignoró las peticiones de aquellas personas, y, cuenta la Biblia, que se agachó y comenzó a escribir con su dedo en la tierra. Como ellos insistieron en preguntarle, se levantó y les dijo: “El que entre vosotros nunca haya cometido un pecado, que tire la primera piedra”; y volviendo a agacharse siguió escribiendo en el suelo.

Al oír estas palabras, la multitud, a pesar de las ganas que le tenía a Jesús y a la propia mujer, uno a uno se fue retirando de aquel lugar. Aun a riesgo de ser consumidos en su interior por su afán justiciero, no les quedó más remedio que admitir su propia culpa. Cuando la genta ya se había retirado del lugar, Jesús se levantó, miró a la mujer y le pregunto: “mujer ¿dónde están todos, ninguno te condenó?”; a lo que ella respondió: “Ninguno, Señor”. Entonces él, que era el único de aquel lugar que nunca había fallado, el único con derecho moral a ejecutar la sentencia contra ella, le dijo: “Ni yo te condeno. Vete, y no peques más”.

No es necesario ser una lumbrera, para darse cuenta de que el mundo no va bien; nunca ha ido bien. Siempre hay barreras que saltar, escollos que salvar, conflictos por resolver y gente perversa o corrupta que se empeña en estropearle la vida a los demás. Pero no hay que ir muy lejos; seguramente nosotros también, en alguna medida, tenemos que apuntarnos con el dedo. Quiero decir con esto que todos somos dignos de juicio y de condena ante los ojos de Dios. Aquella mujer, que pudo volver a su casa y, literalmente, comenzar una nueva vida, no es que no fuera merecedora de un castigo. Lo que Jesús quiso enseñar ese día es que todos lo eran; todos lo somos. El juicio y la condenación son una realidad, pero Jesús dijo: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Y esto es lo que mucha gente no entiende. No es cuestión de que Dios pase por alto el mal que hacemos; lo que sucede, es que lo perdona.

Estimado oyente, estimada oyente, vuélvete hoy hacia él, ábrele ahora tu corazón y recibe su perdón. La decisión es tuya. Soy Carl, hasta siempre.