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SOLEDAD

Carl Arne Horstran 07/06/2021

[PODCAST]

Isabel Rivera Hernández era la propietaria fantasma de una vivienda situada en la calle Arturo Soria, de Madrid. Su rostro se había convertido en un recuerdo lejano para sus vecinos, quienes no la habían visto en años. No obstante, pagaba sin falta la comunidad, los gastos originados por la renovación del tejado, el agua y todos los recibos que tenía domiciliados en la cuenta de su banco, donde cada mes le ingresaban la pensión.

El problema es que la mujer llevaba muerta más de una década sin que nadie la hubiera echado de menos.

La policía, tras recibir una denuncia de una sobrina que dijo acordarse de ella tantos años después, encontró el cadáver momificado de doña Isabel en el interior de su vivienda. El cuerpo se conservó en ese estado debido a que la mujer murió de muerte natural en el baño, donde se dieron las condiciones idóneas de humedad y ventilación que favorecieron su momificación. Los médicos certificaron que la mujer podría llevar muerta, nada menos que, unos 15 años.

No es la primera, ni, lamentablemente, será la última vez que oigamos de un caso como este. Sucesos que, por lo general, achacamos a la enorme deshumanización que refleja la sociedad actual, cuyo epicentro son las grandes urbes, las cuales, a pesar de aglutinar a cientos de personas en espacios bastante reducidos como son los edificios residenciales, paradójicamente, entre tanta gente son muchas las personas que viven en la más absoluta soledad. Sin embargo, la realidad es que no se trata de una tragedia que afecte tan solo a las grandes poblaciones de gente.

En Cañizal, un pueblo de tan solo 500 habitantes, en la provincia española de Zamora, hace un tiempo atrás, la policía encontró a Vicente, pastor de ovejas de profesión, muerto en el pasillo de su propia vivienda. Por su oficio pasaba mucho tiempo solo y alejado de su lugar de residencia, por lo que poco podían imaginar sus vecinos el inesperado final que tuvo la vida de Vicente. “Empezamos a decir que hacía mucho que no le veíamos”, comentaba el alcalde. “Pero un amigo suyo, a razón de alguna historia que Vicente le había contado, nos hizo creer que estaba en Portugal, donde tendría una pareja”. 20 años, nada menos, fue el tiempo que transcurrió desde la muerte de Vicente, hasta el momento en el cual se halló su cadáver.

“Esto es muy desagradable para cualquier municipio”, señalaba el alcalde “y, encima, hace unos años tuvimos otro caso parecido aquí en el pueblo. La gente cada vez se encuentra más sola», lamentó.

Estamos de alguna manera acostumbrados, si cabe, a oír acerca de casos como estos; pero, me pregunto, ¿cómo es posible que en un pueblo de tan solo 500 habitantes mueran dos personas en estas circunstancias en un breve periodo tiempo? La respuesta es sencilla: La soledad es una tragedia silenciosa que afecta a muchas personas en nuestro tiempo, sin importar su lugar de residencia. Se trata de un reflejo de nuestra sociedad y sus severas deficiencias. Se calcula que el 10% de la población de los llamados países industrializados constituye, lo que se denomina, un hogar unipersonal. Gente que desarrolla su vida sin tener contacto asiduo con otras personas; esto es, sin ninguna clase de vida social.

Jesús dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días”.

Sin duda, las relaciones humanas son tanto bellas como necesarias. Relacionarnos es una cuestión natural para nosotros. Por eso, aplaudo cualquier iniciativa sana, que sea útil para combatir ese estado de soledad por la cual muchas personas se ven asediadas. Sin embargo, en

 

cualquier caso, la promesa de Jesús está ahí; la puedes tomar en serio. No hablo de una compañía, digamos, imaginaria. Cuando volvemos nuestras vidas hacia él, su presencia se vuelve real en nosotros y sus efectos son tangibles; se perciben. En la medida en la que de ti dependa, busca relacionarte. Pero, cualquiera sea tu caso, no desprecias la oportunidad de contar en tu vida con la compañía de Jesucristo. Y como suelo decir, él te está esperando hoy. Soy Carl, hasta siempre.