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El amor incomparable de Dios I Dr. Charles Stanley
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Navegando por la tensión del anhelo y la rendición Radio Stereo Resurrección
Aún no agrade a los hombres, la verdad debe ser expuesta con gracia y piedad, pero también con fidelidad bíblica sin ser comprometida. Eso también es amor. Lo siguiente es solo una pequeña exposición a la luz de la Palabra, sencilla y directa.
La Escritura es clara, suficiente y autoritativa respecto a los requisitos para ejercer —y continuar ejerciendo— el oficio pastoral. Pasajes como 1 Timoteo 3:1–7 y Tito 1:6–9 no presentan sugerencias culturales ni ideales opcionales, sino requisitos establecidos por Dios mismo para ser cumplidos y obedecidos.
Estos textos describen el carácter presente y continuo del pastor:
“Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, apto para enseñar… que tenga buen testimonio de los de afuera” (1 Ti 3:2, 7).
“El que fuere irreprensible, marido de una sola mujer… retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada” (Tit 1:6, 9).
El énfasis bíblico no está en las habilidades ministeriales, el carisma, la experiencia o el reconocimiento humano, sino en un carácter probado, íntegro y sostenido en el tiempo, pesado en la balanza de la Escritura. Negar esto o reinterpretarlo para justificar la restitución de un pastor que cayó en adulterio implica rebajar el estándar divino, no exaltar la gracia. Dicho de otra manera: en nombre de la gracia (en el entendimiento y deseo humano), no podemos bajar el estándar que Dios puso.
Si un pastor que ha caído en adulterio se arrepiente sinceramente, y ese arrepentimiento produce fruto visible (2 Co 7:10–11), damos gloria a Dios por ello. Si hay perdón en su matrimonio, restauración personal y reconciliación con la iglesia, eso es una obra real de la gracia del Señor.
Sin embargo, el perdón no elimina automáticamente las consecuencias. La Escritura distingue claramente entre restauración espiritual y elegibilidad para un oficio. David fue perdonado (Sal 51), pero las consecuencias de su pecado lo acompañaron el resto de su vida (2 S 12:10–14).
De la misma manera, el perdón de Dios y de los hombres no restituye el requisito bíblico ordenado por el Señor de irreprensibilidad necesario para ejercer el pastorado. El adulterio, por su naturaleza moral y pública, descalifica permanentemente para ese oficio.
El apóstol Pablo expresa con sobriedad este principio cuando dice:
“Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser descalificado” (1 Co 9:27).
Este texto no habla de pérdida de salvación —pues la salvación es por gracia y segura en Cristo (Ro 8:1, 30; Jn 10:28)— sino de descalificación para el ministerio. Un pecado moral como el adulterio inhabilita al hombre para ejercer el liderazgo pastoral, porque destruye su testimonio (y el de la iglesia), su autoridad moral (y la de la iglesia al no corregir y ejercer disciplina) y su credibilidad espiritual (y la de la iglesia por sostener la desobediencia pastoral).
El pastor no queda fuera del Reino, pero sí fuera del púlpito. No queda sin Cristo, pero sí sin el oficio pastoral.
La Escritura nos obliga a hacernos preguntas honestas y difíciles:
¿Puede considerarse irreprensible un hombre que ha cometido adulterio?
¿Sigue siendo, en sentido bíblico, marido de una sola mujer (1 Ti 3:2), no solo en estado civil, sino en fidelidad moral y pureza sexual?
¿Conserva la autoridad moral para exhortar a otros a la fidelidad conyugal (He 13:4)? ¿Inclusive, podrá casar a otros y ser consejero matrimonial?
¿Podemos seguir al pastor según su ejemplo? ¿Es un modelo? ¿Podemos considerar su conducta para imitar su fe o demuestra que el rebaño puede copiar sus actitudes? (Fil 3:17, 2 Ts 3:9b, He 13:7, 1 P 5:3b).
¿Goza actualmente de buen testimonio con los de afuera (1 Ti 3:7)?
En Tito 1:6, de forma simple, se nos explica que el pastor debe estar lejos del escándalo público (irreprensible, no perfecto) y, ciertamente, un adulterio añade escándalo a la vida personal del pastor, mancha el púlpito y a la iglesia ante los de afuera; independientemente del tiempo en que se enteren las personas, siempre será lo mismo.
Por eso el estándar de Dios es ser “hombre de una sola mujer”, lo que quiere decir que es puro moral y sexualmente. El adulterio destruye eso. El texto está ligado con Proverbios 6:32-33 y 1 Corintios 9:27, por decir lo menos.
La respuesta bíblica es dolorosa, pero clara. El adulterio deja una marca permanente en la reputación pública del pastor. Aun con el paso de los años, cuando los de afuera conocen el hecho, el testimonio queda irremediablemente dañado. Y Dios, en su sabiduría, ha determinado que ese requisito sea indispensable.
El problema no termina con el pecado en sí, sino con la persistencia en el cargo pese a la descalificación bíblica. La Escritura nos recuerda que nuestras acciones afectan a otros:
“Mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles” (1 Co 8:9).
“Al que haga tropezar a uno de estos pequeños… mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino” (Mt 18:6).
Un pastor que continúa en el oficio después de adulterar provoca, aunque no lo desee:
Tropiezo en creyentes débiles.
Confusión doctrinal respecto a la santidad y el liderazgo.
Blasfemia del nombre de Cristo entre los incrédulos (Ro 2:24).
Murmuración, chisme y heridas recurrentes en la iglesia.
División entre hermanos que se aman, pero ahora se separan por la provocación del pastor al seguir aferrado al púlpito.
La herida no sana; se reabre una y otra vez. El dolor se multiplica y la iglesia queda atrapada en un ciclo de conflicto innecesario. Aquellos pastores que consienten el pecado del pastor caído también son culpables de pecado de omisión, y son responsables directos de las ovejas que reciben el alimento adulterado de la Palabra con tal de apoyar y soportar la desobediencia y el pecado disfrazado de amor y gracia.
Son responsables de la salida dolorosa de aquellos que obedecen las Escrituras y son señalados falsamente como traicioneros y divisores por alzar la voz contra la hipocresía, la mentira y la desobediencia bíblica.
La instrucción bíblica de descalificar al pastor caído no es cruel, sino profundamente sabia y misericordiosa. Dios sabe que ese hombre necesita:
Dedicarse a su restauración personal delante del Señor.
Cuidar y priorizar a su familia (1 Ti 3:4–5).
Someterse a la disciplina bíblica con humildad (He 12:11).
Vivir como ejemplo de obediencia, sumisión y temor de Dios, aunque ya no desde el púlpito.
Este camino, aunque doloroso, evita males mayores y honra la santidad del nombre de Cristo. El Señor está cuidando a su iglesia de ser manchada y arrugada por el pecado de un ministro caído. El Señor está protegiendo a su iglesia del pecado y de la mancha que generan las consecuencias del adulterio en el púlpito; está protegiendo a los miembros fieles y el testimonio ante los de afuera.
Algunos argumentan que el pastor “no era verdaderamente cristiano” cuando pecó. Pero si eso fuera cierto, entonces sería un neófito si se le restituye (1 Ti 3:6), y la Escritura prohíbe que un recién convertido ejerza el pastorado.
Otros apelan a la decisión de la congregación. Sin embargo, la iglesia no tiene autoridad para anular los requisitos que Dios ha establecido. Además, las decisiones bíblicas deben ser tomadas por una pluralidad de ancianos calificados (Hch 14:23; Tit 1:5), no por emociones ni manipulaciones desde el púlpito.
Cuando se tuerce la Escritura para sostener una postura personal, el daño espiritual es grave y la conciencia de la iglesia se cauteriza lentamente (1 Ti 4:2).
Con profundo pesar debemos reconocer que el adulterio de un pastor produce un dolor inmenso: en su familia, en la iglesia y en el testimonio de Cristo ante el mundo. Precisamente por amor a la iglesia y por reverencia a Dios, la Escritura ordena que el hombre que ha caído en este pecado no continúe en el oficio pastoral.
No es una decisión humana.
No es falta de gracia.
No es dureza de corazón.
Es obediencia al estándar santo, bueno y sabio que Dios mismo ha establecido.
“Sed santos, porque yo soy santo” (1 P 1:16).
Escrito por Teban Balla
1 Timoteo 3 Adulterio Disciplina eclesiástica Integridad Pastorado Santidad
La Iglesia Bautista Ciudad de Dios es una iglesia en San Juan, PR. La visión de Ciudad de Dios es ser una iglesia que va donde nadie quiere ir, que aprende cosas que otros no quieren aprender y que se relaciona con personas que otros no se quieren relacionar con el único fin de que el glorioso evangelio sea predicado, que Cristo sea conocido y que las vidas sean transformadas. Usados con permiso.
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