Devocional 1 Timoteo 4:1-5
Así como en los pasajes anteriores Pablo enseñaba acerca del carácter de los servidores del Señor, ahora se refiere a los peligros que encarnan los falsos maestros, los apóstatas.
Así como en los pasajes anteriores Pablo enseñaba acerca del carácter de los servidores del Señor, ahora se refiere a los peligros que encarnan los falsos maestros, los apóstatas.
Pablo cierra sus instrucciones diciendo que la iglesia es el sostén y la columna de la verdad, como leímos en los versos anteriores... ¿Qué verdad? El Evangelio. Lo que describe en lo que se piensa puede haber sido un himno de la iglesia.
Las indicaciones que Pablo ha dado a Timoteo con respecto a los que sirven en la iglesia tienen dos objetivos, afianzar seguramente algunos aspectos, pero también dar a Timoteo la autoridad necesaria para corregir lo que deba ser corregido.
Primeramente se dirige a las mujeres (diaconisas probablemente) y les pide que cuiden su conducta, siendo sobrias, es decir, no dadas a la ostentación, al escándalo, al desborde; y que cuiden su hablar, no siendo calumniadoras, es decir, hablar la verdad, en amor, no creando disensión sino pacificando.
Así como el pasaje anterior abordaba los requisitos para los pastores, Pablo aconseja ahora acerca de los diáconos. Básicamente, los diáconos son hombres y mujeres que sirven, a Dios y a la iglesia.
Así como Pablo instruye a Timoteo acerca de las mujeres en la iglesia, en el pasaje anterior, en este va a abordar un tema de suma importancia: las cualidades que debe poseer el hombre que quiere ser un obispo (aquí es sinónimo de pastor, anciano o presbítero).
El pasaje que nos toca abordar hoy ha sido (y seguirá siendo) muy controvertido, al menos la segunda parte. Hay aquí dos pedidos dirigidos especialmente a las mujeres.
Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. (Mateo 5:23-24)
Cristo Jesús murió por mí, un pecador, y por esta causa oro para que la misericordia de Dios alcance a todo hombre, y por esta causa proclamo el Evangelio, porque no hay otro camino, solo en Cristo el hombre puede hallar esperanza, misericordia y salvación.
El mandamiento (y distintivo) mayor de la fe cristiana es el amor. Un cristiano ama, porque ha sido amado. Y ama incluso a quien no lo merece, porque recuerda que él tampoco merecía el amor que ha recibido.