Enviados
Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.
Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.
Él dijo: No lloréis, porque no ha muerto, sino que duerme. Y se burlaban de Él, sabiendo que ella había muerto. Pero Él, tomándola de la mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate!
Vuelve a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas Dios ha hecho por ti. Y él se fue, proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho por él.
Y Él les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Pero ellos estaban atemorizados y asombrados, diciéndose unos a otros: ¿Quién, pues, es este que aun a los vientos y al agua manda y le obedecen?
¿Quiénes son la familia del Señor? ¿Los nacidos en determinada familia o nación? No, sino los nacidos del Espíritu.
Hay solo un tipo de corazón en el que la semilla echa raíz, y fructifica y se reproduce. El corazón que ha sido cambiado por el Señor, el corazón al cual Él mismo ha traído a la Vida. Sólo sus ovejas oyen su voz y lo siguen. Y Él las conoce, y las guarda.
Y otra parte cayó en tierra buena, y creció y produjo una cosecha a ciento por uno. Y al hablar estas cosas, Jesús exclamaba: El que tiene oídos para oír, que oiga.
Jesús hace evidente lo que Pablo va a expresar al decir que en Cristo no hay “ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer”. El hombre (o la mujer) solo hallan verdadero valor e identidad en Cristo.